Mendicidad en el siglo XXI

Difícil tarea tiene la sociedad para resolver uno de los problemas que ha generado la crisis económica durante la última década. Me refiero a la mendicidad ejercida por personas sin recursos económicos, a los que generalmente van aparejados otros tipos de problemas de carácter afectivo, familiar, social, laboral y de salud. Son muchas las instituciones dedicadas a la atención de estas personas, procurando dar soluciones individualizadas, no sólo con dinero, también intentando solventar los problemas relacionados con carencias afectivas, sociales, y en ocasiones adicciones que requieren un tratamiento médico. Esta problemática debe ser tratada por especialistas que busquen soluciones a los cientos de casos que se ven obligadas a vivir en la calle, a alimentarse con lo que encuentran en los contenedores de basura, o con unos mendrugos de pan que han recibido. Siendo como es un problema complejo que requiere ser tratado por especialistas y personas con responsabilidades políticas, lo dejo a ellos sabiendo que encontrarán soluciones que los resuelvan.
Sin embargo me quería referir a otro tipo de mendicidad que por desgracia todos conocemos, y que se ha extendido por las ciudades europeas de un modo alarmante en los últimos años. Rara es la iglesia, el supermercado, la panadería, las tiendas de alimentación o las confluencias de calles peatonales, en las que no se encuentren una o varias personas pidiendo de un modo más o menos insistente unas monedas. Difícil entablar una conversación, aunque algunos entiendan el español, y complicado conocer su situación con vista a darles algunas sugerencias. Dicen para comprar un poco de pan, y agudizan el ingenio para transmitir tristeza y desolación con vista a dar pena y generar compasión a los viandantes, algunos de los cuales se sienten culpables ante tal demostración de teatro, en la que en ocasiones no faltan unas lágrimas o un gesto de dolor.

Muchas de estas personas llevan en Pamplona ya más de 10 años sin que parezca que su situación haya mejorado. Siguen en sus puestos y lugares, defendiéndolos en ocasiones con uñas y dientes de posibles usurpadores. En ocasiones hablarles de un trabajo les produce grima, y les brillan los ojos cuando descubren la posibilidad de conseguir ayudas para pagar la factura de la electricidad, o unas ayudas a través de los servicios sociales de algún ente público o privado.

Dar unas monedas puede tranquilizar la conciencia, pero lo único que hace es enquistar un problema que tiene solución a través de los servicios y entes dedicados a la atención social. Invitándoles con afecto y comprensión a que acudan a estos centros, se les demuestra un interés cierto para darles soluciones, evitando las mafias existentes, la explotación, y el abuso generalizado. Todos conocemos algún caso particular de amenazas, coacciones, e incluso violencia, en personas que han actuado de buena fe. La mano que intentó dar una limosna, se convirtió en mano herida.

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