Exultabunt ossa humiliata

Hace unos días he sufrido un pequeño percance que me ha tenido “en reposo”. La rodilla izquierda ya está un poco cansada, y me dijo basta cuando intenté llegar de una carrera a la “Villavesa” (así es como llamamos en la Comarca de Pamplona a los autobuses urbanos). Por suerte no ha sido nada grave. En un principio unos médicos consideraron que se trataba de una rotura fibrilar, pero en realidad fue una lesión del menisco interno.

Entre las pruebas que me hicieron los médicos se encontraba la realización de unas placas de rayos X, las cuales pedí al médico de la mutua que me las imprimieran para enseñárselas a mi médico de cabecera. Éste último me dijo que las guardara por si hacía falta en el futuro. Ver mis huesos en una placa negativa, como las que se usan en fotografía química, me hizo recordar el Salmo 51, también llamado Miserere. En su versículo 10 se puede leer “Hazme sentir gozo y alegría, que exulten los huesos que has quebrado”. La verdad es que a mi no me causó mucho gozo, y menos alegría, leer este versículo, sobre todo cuando notaba los dolores que me producían los latigazos del maltrecho menisco.

Sin embargo cuando empezaron a remitir estos dolores, y tras ver las placas, sí me llené de gozo. Estaba viendo la fotografía en negativo de mis propios huesos, algo que mis tatarabuelos posiblemente no pudieran llegar a imaginar que fuera posible. Saber que tras pocos años de mi muerte lo único que quedará serán unos huesos y el polvo que produce la descomposición de los músculos y tendones, me hizo en parte reír y a la vez reflexionar. Polvo eres y en polvo te convertirás, que es lo que se decía en el rito de la imposición de la ceniza.

Me he acordado también de familiares fallecidos hace unas décadas, y de algunos amigos que hice en mi infancia y juventud, de cuyos nombres me resulta ahora imposible recordar. Otras tantas personas que he tratado y con las que he mantenido un cierto trato profesional y personal, han fallecido también. De algunas otras personas añoro sus conversaciones, sus bromas, su presencia… Ya no están, y tampoco me pude despedir de ellos.

Recuerdo una señora de casi 90 años, menuda, fibrosa y delgada, con el rostro horadado a lo largo de las décadas, de mirada profunda y penetrante. Tenía tan poca fuerza para abrir la puerta de la oficina que alguna vez pensaba que si no lograba entrar, la propia fuerza del muelle de la puerta la aplastaría. Si tenía la oportunidad salía a ayudarle,  gesto que agradecía con un gracias que se tornaba dulce y amable. Me enteré más tarde que esta señora había sido maestra, de las que son capaces de poner firmes con la mirada a un batallón de adolescentes en ebullición hormonal. Su agradecimiento era miel para mi alma, gozo y paz. No la he visto en estos últimos años, y deduzco que ya ha fallecido también. Ahora le doy las gracias por haber tenido la oportunidad de conocerle, y disculpas por no haberme despedido a tiempo. Este es el gozo y la alegría de tratar con personas excepcionales, y a la vez normales, que no insignificantes.

Juan Cañada

Pamplona, enero de 2017

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