Subirachs, uno de los grandes entre los grandes

Subirachs, uno de los grandes entre los grandes

Cuentan que María Josefa Huarte, una de las mecenas y coleccionistas de arte contemporáneo más importante de España del siglo XX, durante un viaje que realizó a París en el verano de 1973, adquirió una de las obras más famosas de su colección: L’Esperit català, de Antoni Tàpies. En varias entrevistas indicaba que fue como un flechazo el que sintió ante la pieza de este artista catalán. No creo que exagerara cuando decía que aunque tuviera que vender su casa se lo llevaba. Años más tarde comentó que le resultaba extraño que ese cuadro estuviera esperándole a ella en esa famosa galería parisina, y que no hubiera coleccionistas catalanes dispuestos a hacer lo mismo.

Hay que reconocer que muchos artistas españoles y sus obras, han estado con demasiada frecuencia olvidados o incluso ignorados por los críticos, los museos, y los amantes del arte. Autores como Oteiza, Chillida, Palazuelo, Millares y tantos otros, eran con frecuencia mal entendidos, y por lo tanto también mal queridos. El ejemplo de Jorge Oteiza con respecto al Gobierno Vasco resulta paradigmático. La respuesta —o mejor dicho, la falta de respuesta¬—, además de otras causas que no menciono por no alargar este artículo innecesariamente, obligó a Oteiza a ofrecer su legado a la Comunidad Foral de Navarra. Gracias al acuerdo que firmaron se consiguió uno de los museos más destacados del territorio nacional dedicado a la obra y a la figura de un artista vivo, el cual visitan miles de personas de todo el mundo cada año. Y así, sin pretenderlo, se ha convertido en uno de los atractivos imprescindibles del turismo cultural de Navarra.

Algo parecido ocurrió con el Museo Chillida Leku. Un paraje en el que parte de la obra escultórica de Eduardo Chillida campea entre árboles centenarios en una amplia explanada dispuesta al descubrimiento y a la contemplación, y aunque en la actualidad, y como consecuencia de la crisis, no se puede visitar del mismo modo que hace unos años, sí es cierto que se ha convertido en un punto de encuentro de apasionados del arte y del talento de uno de los artistas contemporáneos españoles más destacados.

Si hasta aquí mis palabras se han referidos a grandes nombres del arte contemporáneo español, permítanme ahora que haga un comentario sobre otro: Josep M. Subirachs. No sólo conocido por los grupos escultóricos de la fachada de “La Pasión” de la Sagrada Familia de Barcelona, también por su obra anterior, suficiente para situarle entre los grandes de los grandes. Fue precisamente su trabajo el que sirvió al Patronato de la Junta Constructora del templo para nombrarlo el artista más adecuado para la continuación de la que podemos denominar la obra máxima de Gaudí. Sin duda un reto que no todos hubieran sido capaces de afrontar ni resolver con la dignidad y calidad precisas, de la que Subirachs dio sobrada cuenta.

Subirachs es uno de los artistas catalanes más destacados del siglo XX. Su trabajo es digno de estudio, de exposición, de investigación y conservación, y por tanto se hace necesario e imprescindible un espacio para poder hacer estos menesteres. Muestra del interés por la obra de Josep M. Subirachs fue la exposición antológica que se realizó durante 2015 en el Tianjin Art Museum de China, la cual fue visitada por más de 800.000 personas. Si a este dato añadimos que no faltó la intención de querer comprar toda su obra mediante un cheque en blanco, es lógico que es imprescindible valorar la necesidad de unas instalaciones para evitar que salga de nuestras fronteras, y sobre todo que pueda ser deleitada por las próximas generaciones.

Josep M. Subirachs, igual que la mayor parte de los escultores, abogaba por el espacio público para la exposición de sus obras. Que todo el mundo tenga la oportunidad de contemplar sus trabajos, tocarlos sin necesidad de la mirada esquiva del vigilante del museo, sin tener que abonar una entrada. Sin embargo, se requiere de un lugar cerrado para la investigación de su obra, para la restauración y, sobre todo, para exponer y estudiar el material que no se puede exhibir a la intemperie. Por eso sugiero a las instituciones de Cataluña, a las empresas, inversores y personas interesadas y amantes del arte catalán, que pongan las bases, y también los fondos, para que llegue a culminarse el Museo Josep M. Subirachs. Sin duda, el modelo navarro del Museo Jorge Oteiza de Alzuza, puede inspirar el que podría ser Museo Josep M. Subirachs.

Y no olviden que, si Cataluña no lo hace, otros lo harán, y perderemos así una de las colecciones de arte contemporáneo más destacadas de Europa.

Juan Cañada

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